Me emborraché hasta que no pude sentir el piso, volé, y a la mañana vomité pegada al inodoro dos veces, 5 minutos sin parar y otros 3 más de nuevo, y luego otra vez, una tercera solo que ya no en casa, ¿Vergüenza? Si, porsupuesto y unas terribles ganas de que me trague la tierra. Y es que en la fiesta me sentí libre (Oh Dios mío! Como si de eso se tratara la libertad!) es mucho más bonito que mi alma vuele estando sobria, echada en mi cama, relajadísima, que mi alma vuele y me transporte a donde yo realmente quiero ir. Porque, seamos sinceros, una fiesta no llena ni un pedazo del alma, es solo un oasis al que llegas con ganas de divertirte, un atractivo pasajero, un escape a la rutina y a la mirada de tus padres, un rato con alguno que otro amigo y unos cuantos conocidos, con cigarros, con vodka barato, demasiado ron, jugos y gaseosas para que pasen más rápido, y besos sin sentido y sin sabor y sin embargo seguramente querré ir a fiestas otras 50 veces mas y sin embargo me gusta salir a jaranear, es solo que en días como hoy poco de eso tiene sentido, no sé si es porque lo veo todo claro como un cristal o si por el contrario veo el cristal empañado, porque en estos días de pensamientos contrariados nada es mas interesante que la idea de dejarme ir y es cuando realizo que no tiene nada ningún sentido, nada ni algo tienen sentido a veces.